Los aires septembrinos marcan la frontera del renovado ambiente callejero carmonense, en el que no falta el reestreno escenográfico de reminiscencia medieval. Pendones que se extienden más allá de la muralla como avanzadilla por la conquista de un Arrabal que siempre fue garante o, al menos, valedor de causas perdidas; entre ellas, la de la libertad. La ósmosis entre la Carmona amurallada y la abierta perdió dinamismo desde hace décadas. Con tan solo dar un repaso a las imágenes en blanco y negro de los archivos del pasado siglo, la evidencia no da lugar a conjeturas, y confirma la decadencia de la movilidad de la población de un espacio a otro de la urbe. Sin embargo, hay momentos excepcionales a lo largo del año que nos retrotraen a décadas pasadas, como los que, año tras año, llaman de novena. Así, un flujo como el de antaño se hace monótono por las rampas que atraviesan el baluarte en busca de aquella alma perdida que los viejos del lugar rescatan a duras penas entre los recovecos de la memoria.
El tablao móvil de Plazarriba vuelve con faldones de falso postín, cual escenario cinematográfico de pueblos de la España vacía, mientras que la tierra fúnebre del viejo camposanto escupe restos sin referencias, salvo las del urgente protocolo arqueológico de nómina, que tendrán su punto y final en una escombrera de mala muerte. Sobre las cabezas de tirios y troyanos, el paraguas de bombillas de toda la vida intenta iluminar las cabezas pensantes de los iluminados por las urnas, y no precisamente aquellas que almacenan restos óseos, sino las transparentes en las que aflora el nuevo populismo del arte de birlibirloque. En este contexto, la colmena se etiqueta con vitola conservadora o progre, difícil de distinguir entrambas; ora con tintes eclesiásticos, ora con matices culturales, ora con marchamo bajo mazas, lo que se dice todo un esperpento valleinclanesco. Marca la tradición que con septiembre comienza un nuevo curso o, a tenor de una visión personal del presente, más de lo mismo, salvo que la nueva realidad -propiciada por una guerra en Europa que aún no ha alcanzado el mítico cántico del ¡ay, Carmela! pero que sin duda llegará- cambie los conceptos del poder y del gobierno, sobre todo los más próximos.
Los meses venideros ya se vislumbran como partitura de compases sostenidos hasta que llegue la hora de aplicar el aplausómetro y discernir quién toma la batuta, quiénes componen la rondalla y quiénes asumen el papel de palomiteros. Mientras tanto, el arranque de la función adquiere los cánones de toda la vida: púlpito mañanero, café, churros. tostadas, moñito, estreno…y bolsas de hielo. Y así, hasta la caída de la tarde, tempo de exilio para los gorriones vecinos incapaces de soportar el estrés decibélico.
Ya en la segunda vigilia, el aviso de los bronces pone en alerta a los congregados en el histórico foro y proximidades dominicanas para dar vida al escenario ancestral. La copla suena, el flamenco, el pasodoble, el cuplé… todo un carrusel de estímulos aderezado con combinados en vasos de plásticos entre la bulla juvenil. Hay permiso oficial hasta la madrugada, lo que no quita la prolongación clandestina del festejo en los lugares de siempre, al aire libre y con vistas al mar de la vega. Plazarriba despierta con bostezos de tedio y sin arrugas de senectud. Se hace el silencio, roto tan solo por el flamear de una pancarta simbólica en la que se lee: Tómbola.