Qué alegría de agua. Levantarse y comprobar que está lloviendo, es toda una alegría, como dijo el gran filósofo y compositor gaditano Luiti Van Peñatoven: “El himno de la alegría… / el himno de la alegría, / qué alegría de himno”. Pues con esa alegría del agua que cae hoy, nos alegra también la noticia que nuestro compañero Iñaki del Bierzo nos dejaba ayer en portada con los datos de personas paradas en Carmona. Qué alegría de número; sólo 2.568 personas registradas en el SEPE de Hytasa. Qué alegría de SEPE, qué alegría de Hytasa, que alegría… “que aquí todo es alegría y felicidad”. Que en Carmona no hay ruina, que aquí “sobra el dinero, primita mía…” como dejó escrito, el añorado poeta y también gaditano, Paco Rosado.
Venga, hombre, o mujer. Abra la ventana. Ventile el cuarto. Respire hondo y escuche, que llegó la lluvia. Póngase el batín o bata. Si es de cuadritos mejor. Arrímese a la camilla y enchufe el radiador a medias, por lo de la factura de la luz… Déjese llevar por ese sonido que irrumpe desde el alféizar y escuche: “Me acuerdo de mi madre que nos daba / la risa y las papochas, / el tazón con la leche / olorosa”. Sí, me acuerdo, escribe José Luis Blanco, poeta tan nuestro y tan cercano al celaje que nos invita a leer, vivir y soñar un poco… Y en esta última propuesta ensoñadora me llega desde lejos el sonido de un chiflo que, por la Barbacana, apostilla su oleaje musical en la piedra del afilador.
Venga, no deje pasar el momento. Afuera persiste la llovizna. Sigamos con números encantadores, registros numéricos, referentes idealizados… “Es tiempo de tenderse en una música / y darse a plena lluvia de recuerdos. / Son tardes para tardes muy abuelas / con gesto de sentarse a los pianos / o estar leyendo cartas amarillas”. Sí, “Ha llegado el otoño”; manuscrito poético del paisano humanista José María Requena. Con él, la lluvia discurre pausada, calle abajo, en busca de la ladera, al encuentro con su campo. Ahí está la esperanza de arrancar la alegría a cuantos no disponen de ella, a los que se sienten números en una lista inacabable que lleva a la soledad por la falta de trabajo.
Venga, que hoy hacemos un paréntesis para soñar junto a los poetas. Sentimos el aguacero a flor de piel. No son lágrimas de un cielo gris y monótono que se deja caer tras los cristales, son descargas de vida para surcos sedientos, para arroyos desocupados, para desocupados jornaleros y para embalses desiertos. Que si tampoco hay caudal, habrá que conquistarlo si se trata del metálico, que otra cosa es el que llega del cielo al que miramos, cuando hay sequía, con preocupación y desvelo. La tarde cae y sobre ella luna llena con luz de plata… “No es que la luna tenga luz de plata / como nos dicen algunos poetas / es que de noche se baña en las aguas…” escribía el Brujo, el gran trovador, Paco Alba. Y si todavía no hay agua en nuestro entorno más cercano que sirva de terma para la luna, habrá que acercarse esta noche a la alberca para arrancar un lienzo o ir a su rescate al fondo del pozo.
Qué alegría de agua. Levantarse y comprobar que está lloviendo. Qué alegría las nuevas cifras de paro… qué alegría de un otoño caminito del invierno. Cae la noche. Se fue la llovizna y poco más. No hubo caudal, pero sí aliento para un sembrado de habas, aquellas que el universal Jorge Luis Borges cambiaría por helados en “Su último poema”.