La señora Chen y el señor Zhang –Leticia y John para los amigos- han estado en Carmona de visita turística-comercial con objeto de ver las posibilidades de invertir en la villa. Y cómo no, fueron agasajados por las autoridades municipales y algún que otro burócrata del fracasado desarrollo local. Noticia, foto, sonrisas, propaganda… y, como dice la copla: “¡Vámonos que nos vamos! Que te voy a engatusar”. Porque en comercio como en halagos para trincar, los chinos son expertos mundiales. Dan buena imagen, con sonrisa cuasi permanente, menos cuando practican kung-fu. En este caso, quítese de en medio cuanto antes. También hay excepciones, como el de su presidente, Xi Jimping, que, a pesar de tener apellido de gimnasio, no mueve un músculo de la cara ni para afeitarse.
Hechas las presentaciones, la llegada de los chinos a Carmona tiene algunas referencias que pueden interesarle. La primera que recuerdo fue la imagen cercana de un chino o china petrificado –no sabría ajustar género- en la hucha del Domund. Con ella postulamos en varias ocasiones contra el hambre en el mundo. Qué alegría daba el llenar de calderilla -hasta el nacimiento de la coleta- la cabeza cerámica de aquel mandarín. Cómo cambian los tiempos. Quién nos iba a decir que, medio siglo después, los chinitos vendrían a Carmona a llevarse los euros de las cabezas pensantes en economía. Más tarde, aunque fuese por temporadas, conocimos a otra Chen (Manolita); una artista y empresaria cuyo nombre oficial fue el de Manuela Saborido que, junto a su marido, Chen Tse-Ping, montaba en cada feria carmonense el teatro ambulante de contenido erótico a base de "piernas, mujeres y cómicos"; todo un revulsivo para el personal afectado por el virus de la censura.
Pasados los años, sonó con aires renovadores la discoteca San-goy (no confundir con el Shanghay de Chen y Zhang), sita en Fuenteviñas con apertura estival en el antiguo cine de verano de La Pringue (Cinema Carmona). Como pieza arqueológica he podido rescatar -para usted en exclusiva- su logo publicitario, que se mantenía oculto bajo el paramento frontal de la cabina de proyección del arcaico enclave cinematográfico. Más tarde, llegó el primer restaurante asiático de referencia: China Town, cuya épica existencia se mantiene a base de rollitos de primavera. Ocupó y ocupa hoy uno de los mejores enclaves de Carmona: el Paseo; también llamado del Arrabal, de Príncipe de Vergara, de Elías Luna, de José Antonio Primo de Rivera, del Estatuto… y de Huan Li. Lástima que su irrupción se llevara por delante al Mesón de La Reja, todo un patrimonio urbano sin rollitos de por medio.
Como antepenúltima irrupción cercana de 中国 (Zhōngguó) en Carmona están los denominados “chinos”, valga la redundancia: bazares tipo sección varios de Paco Vago, pero con autoservicio, caja a la vista y matelial chun-go. La penúltima, el 超级市场 (Chāojí shìchǎng): minisupelmelcado sin holalio labolal y exento de leplesentación sindical. Y, por último, lo que traigan Chen y Zhang. No me fio un pelo de los chinos en general, como ellos tampoco se fían de nosotros, los occidentales, según referencias directas. Me da la espina que esta última hornada, viene a llevalse lo que haya que llevalse. No vienen de tulismo, ni pol el año jubilal. O-ja-la me equivoque, pelo visto el nuevo teatlo en que se ha conveltido Kalmona en los últimos años, llegan para vendel y colocal placas solales en la vega. Balatas y segulas. Ya están descalgando las plimelas en la Caletela Amalilla. Cómo se notan las clases de chino. 干杯 (Gānbēi).