EL MATACÁN: ¡Ojú, 2023!

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¡Ojú, 2023!


     El ojú, además de admiración o sorpresa, también tiene su mijita de fatalidad en grado medio, sin llegar al agobio. Es, como cuando entra por la puerta del bar un pelmazo que se te pega como una lapa y te cuenta la batallita de siempre, con lo que se te pone la cara como al Juan de la chirigota del Selu. 

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  Sí, Juan, que ya estamos en 2023. No me repitas más. Y próspero año nuevo. Sí, que el 23 viene con movida. Ya lo sé, pero el XXIII (Juan) fue también un Papa “bueno”, así que no me vengas con mal fario. Por cierto, hay que ver la que se ha formado en Carmona con el Papa Urbano X. Ni había estatua, ni hubo inauguración, ni había Papa. El tal Urbano X sólo existe en el callejero carmonense y en las cercanas papas aliñás del Bar Botica y El Semáforo, ambos del barrio pontifical de Villa Rosa.

     Como todos los años, y este de 2023 no podía ser menos, Carmona amanece adormecida, muy fuera de sí, como si la resaca de Nochevieja tuviese matices de garrafón. No hay ruido de albañilería, ni estruendos de badenes, ni rodamientos adoquineros, ni llamadas a Joshua… Todo tranquilo como una balsa de… purines, se sobreentiende, porque aquí, el último vestigio marinero fue “La Barca”; un bar de los setenta del pasado siglo, sito en calle Prim, cuya decoración caletera nos trasladaba a una orilla imaginaria con espumas de cerveza, inclusive negra, en jarras, como mandan los cánones de taberna para lobos de mar. Por entonces, en aquella Carmona, proliferaron jóvenes aprendices de navegantes: estudiantes de Naútica, a los que no les faltaba detalle alguno, incluida pipa para el tabaco.

   Sí, Juan, ya dejo las batallitas y sigo con lo de 2023. A lo que íbamos: a esta  ciudad le cuesta trabajo arrancar, como si estuviera esperando la inauguración del autódromo para encender el turbo del año. Todo un espejismo y arsenal de buhonero. Carmona no es ciudad para motores vociferantes, ni para circuitos de velocidad sino, más bien, para disfrutar de rutas como la de la Tranquilidad; sea por callejuelas de la urbe, sea por senderos del extrarradio. Ese es uno de los grandes valores patrimoniales de este pueblo -como decían los viejos de pueblo- que despierta el primer día del año con un bostezo al compás del crotoreo en la espadaña de las clarisas. No hay mayor estruendo que el silencio bajo el matacán de la fortaleza: sin agobios de autobuses turísticos, sin furgonetas de reparto y sin enlaces de chaqué y pamelas. Un estruendo difícil de asimilar si no es envuelto en la niebla del placer.  

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     Ojú, qué primera mañana de 2023. Qué gustazo. En intramuros, todo lo más, un guía familiar recuerda a los acompañantes por las Descalzas que las monjitas del convento le confeccionaban, años atrás, ropa de abrigo. El rutinario paseo del vecino al chiguagua se hace más monótono y cansino que de costumbre. El animal no entiende de juergas, horarios y patrimonio, por lo que deja su habitual defecación a pie de monumento.  Es, sin duda, mojón de perro, llamado en otros lares: alfajores. Un papá de los de ahora, de la generación de “lo que diga mi mujer”, distrae al bebé sin mucha fe en el cometido. Una abuela emula escena y empuja un carrito de dos plazas por la plazuela señorial, y única de albero, abandonada por la nobleza. Noble escena la de los mayores empujando hasta la senectud la vida que comienza. Así comienza 2023. Nos queda todo un año por delante con agenda local repleta de eventos de todo tipo… hasta me parece que hay elecciones. Ojú, Juan. 







Sisi


Fotos: La Revista.