EL MATACÁN: Los blanqueadores

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Los blanqueadores


      Comenzaba el año con la noticia, firmada por Iñaki del Bierzo –gran profesional emérito donde los haya-, en la que nos daba cuenta de la investigación en Carmona sobre blanqueadores de capital integrados en organizaciones mafiosas nacionales. Como no soy experto en la materia, asimilo el blanqueo con el blanco de la cal –naturalmente de Morón-, como si el referido fraude consistiera en meter los billetes en el lavadero comunal –el de toda la vida en los patios de casas de vecinos- y salieran de la pila como aquellos cuellos almidonados que se lucían hace siglos en las terrazas de los casinos señoritingos. Allí, gran parte del personal, según cuentan las crónicas sociales arrabaleras, no sólo se blanqueaba dinero, se blanqueaba lo que hubiese que blanquear, hasta los sepulcros.

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     No doy nombres de aquellos blanqueadores carmonenses, por respeto a sus descendientes, pero si están interesados en ello, sólo tienen que dedicar algún tiempo de ocio investigador en el Archivo Histórico Municipal de Carmona. Y si abrieran al público el del Juzgado, más de uno pediría cambio de apellido por aquello de la nefasta herencia recibida. Iñaki tampoco da los de los actuales blanqueadores. En este caso, no por sabiduría –que le sobra- sino por mor de los inconvenientes judiciales que le pueden acarrear pleitos indefinidos a costa de la economía familiar. Una cosa es informar y otra alimentar el morbo de adictos al visillo de la abuela.

     Los verdaderos blanqueadores, los de la cal, que conocí -hasta hace poco- fueron los profesionales que, con larga caña, brocha de pelo gordo y terrones de Morón, te dejaban las fachadas, patios y cuartos interiores cual traje de novia o novicia. Los más cercanos, del barrio, y haciendo honor a su maestría menciono a : Caracol, Manolo y Vivero. Los tres vivían en distintas calles que perpendiculares bajaban desde la muralla del Postigo y Barbacanas hacia la de Santa Ana: Barrionuevo, Doctor Fleming y Juan Chico. Eran tres personalidades diferentes, casi incompatibles, como su clientela, que los contrataba a imagen y semejanza. 


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Caña al hombro y cubos a diestro y siniestro, ponían el barrio de lujo en las fechas señaladas por la tradición. Desde lo alto, subido en escaleras sin fin, de madera, perfilaban los aleros con aires artísticos. Así, se configuraba una orla ondulada, bajo tejas, sobre un cegador telón de fondo como decorado para nidos de golondrinas y pista de baile para las salamanquesas. Abajo, las mujeres de la casa, completaban el jornal a pie de fachada: cubo de zinc, palo para mover la cal para remates de blancura en los bajos.

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     Este artesanal oficio, patrimonio inmaterial de los pueblos como Carmona, en nada se asemeja al de los actuales blanqueadores que son noticias en la sección de delincuencia y sucesos. Son casi siempre gente de apariencia burguesa, de vestuario pijo y muy dados al disfraz social. Lo mismo utilizan capirote, que sombreros de ala ancha o, simplemente, gorras tipo Paco Candela… hasta imitaciones de corona real. La mayoría son mulas bancarias al servicio de un mulero que, emula a los clanes familiares mafiosos muy de actualidad en España. El blanqueo es variopinto, con fórmulas que van desde, sacar el dinero en maletines, sociedades interpuestas, testaferros, compras de obras de arte… hasta los billetes de lotería. En cercanías, se empieza con el no hacer facturas, tener una caja B empotrada en casa, y se termina siendo una mulilla en el circuito del dinero negro local. ¿Quieren nombres? Sí, esos que tiene usted en la punta de la lengua, como dice el ingenioso y admirado Tintitos. 


Final