EL MATACÁN: Hasta siempre, Julio

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Hasta siempre, Julio


     Desde que el matacán surgió, hace la no desdeñable cifra de veintidós años, como fórmula para trasladar de manera periódica una visión particular sobre temas de actualidad en Carmona, el contenido siempre mantuvo la exclusividad local. Hoy, rompo tal cualidad para rendir honores a un amigo de la infancia cuyo nombre y apellidos, en principio, no le dirá nada: Julio Pardo Merelo. Acabo de enterarme, hoy, de su fallecimiento en Cádiz, donde coincidimos durante años de infancia en el colegio de San Felipe Neri, y en el que compartimos pupitre y tintero. Como a tantos compañeros, la referencia marianista fue motivo de enlace de amistad imperecedera, y más aún cuando las calles del barrio servían para fortalecer ese vínculo personal a los de la cohorte del 55.

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     A lo largo de nuestra común andadura vital, nunca hicimos referencia de la distinción actual que se hace hoy sobre el “Cadi, Cadi”, para acentuar con orgullo el origen natal dentro del recinto amurallado. No había matices. Nuestro Cádiz comprendía desde la Caleta a Puerta Tierra. Y, a partir de ahí, un nuevo universo se abría para, en tranvía o en El Coco, desplegar alas por las Tres María, el RACA y San Felipe. En época estival, nuestro Cádiz se ampliaba a San José y Zamacola, con punto final y de retorno en la puerta del Hotel Playa. El no va más, era la galaxia del Carranza para emular entre sueños a los: Bermúdez, López, Moreno, Soriano, Aragón, Tucho… En ese mundo se configuraba la personalidad común de toda una generación en la que Julio Pardo y tantos coetáneos fueron, y son, santo y seña de Cádiz, de una ciudad exportadora de cultura, arte y libertades.

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     Tal vez, le suene más el nombre de Julio por los canales habituales del carnaval. Y, hoy, quizás sea primer referente gaditano para abrir informativos visuales y de papel para encumbrar la obra de “El Gordo”, apelativo de cuño moderno, ajeno a la fragua musical que se inició en la tuna de la Facultad de Medicina. Desde la Escuela de Magisterio “Josefina Pascual”, a la Plaza de Fragela, tan sólo había un paso. Desde la batea de La Guillotina a la de Los Aspirinos, dos. Desde lo alto, en la cuerda de bajos, con birrete facultativo, por un lado, y gorro de verdugo, por otro, intercambiamos tangos para Cádiz a la sombra de Correos, camino de Libertad, para brindar al pie de La Cabra.

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     “Los viejos del 55”, no fue sólo el nombre de una chirigota encumbrada por la historia. Los viejos del 55, los de 1955, son hombres de referencia gaditana en el que, Julio, es estandarte sin parangón en la faceta musical. No hace falta listado de premios y galardones para sellar honores en su trayectoria. De vez en cuando, recordamos aquellos años de pantalón corto y más tarde de irrupción universitaria en la órbita carnavalesca con el codo apoyado en la barra del Falla, de tertulia al compás de un sorbo escocés. Fueron pocos los momentos que compartimos por los avatares de la vida ya en nuestra madurez. La última vez que noté su presencia más cercana fue en la trianera calle Pureza de Sevilla, al frente del coro en la interpretación de la Salve Marinera. ¡Salve, Julio! Hasta siempre.



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