Con el paso del tiempo se afianzan determinadas cuestiones de las que escribo. El resultado no alcanza mayor pretensión que la de expresar el pensamiento en libertad, por si alguien, además de entretenimiento, comparte premisas y, finalmente, conclusiones. En ello estaba, hace algunas semanas, cuando titulaba en columna pretérita: “Desinformación municipal”. Recordará que el texto hacía crítica a la evolución de la información periodística del Ayuntamiento de Carmona en los últimos tiempos, aportaba opiniones de eminentes expertos en la materia, y advertía sobre similitudes de esta praxis en ideologías totalitarias. La cuestión, al parecer, no parece afectarle a la mayoría de los carmonenses -allá cada uno con sus prioridades-, pero como parte de la minoría comprometida con los Derechos Humanos, y entre ellos el de la libertad de expresión, estoy en la obligación de señalar alertas.
A estas alturas, nadie se extraña de leer en Internet informaciones falsas, bulos y mensajes subliminales que llegan al vecino como flases del pasado siglo; los que deslumbraban con bombillas de usar y tirar.
Aquel relámpago doméstico dejaba, durante segundos, un halo blanco cerebral tras la toma de la imagen deseada. Hoy, la potencia de la luz del móvil, casi no se percibe ni afecta a visión alguna. La alteración llega a las células grises –como decía Hércules Poirot- con el teléfono en ristre, cual revolver del lejano oeste capaz de disuadir, amenazar y suprimir voluntades. Si ya estábamos faltos de lectores en épocas no tan lejanas, tras la irrupción del celular –como diría Chespirito- el campo queda arrasado. Con tan sólo deslizar el dedo índice sobre la pantalla, con mayor velocidad que el movimiento de apretar el gatillo, damos muerte a todo un universo de información y de creatividad jamás alcanzada por el hombre.
El asunto llega al extremo que la imagen ha eclipsado por completo a las letras y, al pensamiento. Tomamos fotografías y vídeos, de lo próximo, hasta la saturación. Incluso dejamos de vivir el presente y sentirlo, para grabarlo, difundirlo y… borrarlo. Vemos volar al quíquili y, en vez de disfrutar de la rapaz en toda su dimensión, lo “encelulamos”. Las alertas llegan cuando la mayoría no repara siquiera en la crítica sobre lo que nos rodea, o lo que es lo mismo, opinar con criterio, pero no sólo si esto o aquello nos gusta o no, sino en plantearse si lo establecido se da por sentado o intentar cambiarlo. La clave sin duda está en la Educación, aquella en la que la filosofía se hace fundamento que promueve el atreverse a pensar como a cada uno le venga en gana. La Democracia no llegó bajo el paraguas del científico o el empresario, sino desde el abierto firmamento de los primeros filósofos griegos.
Ayer, durante la constitución del Consistorio de Carmona, entre las paredes de Santa Ana retumbaban, como señales de alerta, dos perlas del alcalde expresadas en vísperas:
“Os informo de las distintas delegaciones y responsabilidades que tendrán las personas que me acompañarán en los próximos cuatro años como miembros del Gobierno Municipal”. “Me gustaría que me acompañaseis junto con mi equipo…” Pues ya sabemos de qué va el nuevo equipo de gobierno y los carmonenses en general: de acompañamiento, como las bandas de cornetas y tambores tras el santo. Pura filosofía. Qué tiempos aquellos bajo el merendero de don Manuel Azaña.