Como preámbulo, felicitar a Karmodemoscopic por acertar al 100% el resultado electoral en Carmona, que daba en sondeo exclusivo para matacán: “ganador al PSOE, seguido del PP y, a rueda, Vox. Sumar, asoma, pero sólo se deja ver por lo calle Enmedio”. También, felicitar a la Redacción de La Revista por el titular, del mes de mayo, tan a la medida y certero en actualidad: “El voto de Carmona, una montaña rusa”. Y dicho esto –sin entrar en análisis- volvemos a la normalidad veraniega. Mucha calor, mucha cola en Mercadona y mucho cierre de comercios, mientras la chicharra solfea a destajo entre silencios y semicorcheas. Buscamos la escasa sombra dispuesta, hasta para aparcar el coche. Por mi barrio, hay hasta guantazos por coger sitio bajo un árbol. Sólo hay tres, y uno de ellos lo han seccionado por problemas con las raíces, así que, por lo menos, hasta octubre no habrá paz vecinal y pasarán años para recuperar la plaza de sombra.
Los veranos carmonenses siempre tuvieron similares características al presente -salvo en lo de acudir a las urnas- otra cosa es la pérdida de referencias y memoria, como la figura del hombre del tiempo. El primero, el maestro de maestros, Mariano Medina que, con su puntero, pizarra y tiza, nos enseñó, allá por los sesenta del blanco y negro, lo que era un anticiclón, una borrasca, la isobara… y dónde se situaban los puertos en los que se hacía necesario circular con cadenas, como el de Piedrafita y la Bonaigua. El nuevo modelo de meteorólogo televisivo, adquiere hoy figura de actor bailarín -incluida pirouette de un extremo a otro del gigante mapa digital- al que sólo le falta cantar bajo la lluvia o entonar “Eva María se fue buscando el sol en la playa”. Desde lo clásico a lo vanguardista ha cambiado el estilo, pero no el estío, salvo en la amenaza del cambio climático. Por lo demás, en Carmona, los cuarenta grados fueron, y son, santo y seña, excepto en un lugar único, donde la sombra reina como en jardín botánico: La Alameda de Alfonso XIII, otrora corazón ciudadano, hoy bazo solitario.
La necesidad de refrescar el cerebro se hace vital, a tenor de lo que se siente, se ve y se escucha desde la Puerta de Córdoba al Tiro Pichón, sobre todo entre los que no disponemos de piscina, alberca o sucedáneo. De hecho, se notan los cuarenta y tantos grados en toda la comunidad cercana. La cosa llega hasta los propios vecinos cofrades, que han montado una -por San Blas- de padre y muy señor mío. Según capillitas del entorno, hasta ha tenido que intervenir la autoridad eclesiástica y, de soslayo, el Consejo, que para eso están, para poner orden y dar consejos. Cosas de las calores y de refranes: “Por San Blas: o rosco o pan”. Veremos cómo queda la panadería.
Entre el vecindario en general, por culpa de la ardiente atmósfera, aumentan las quejas por doquier, como la necesidad de una piscina municipal acorde con la población y apertura nocturna; los ruidos intempestivos por obras; la falta de riego callejero; los baches del adoquinado; la invasión de veladores; la falta de aparcamientos; los atascos por paradas indebidas; las colonias de gatos; los meaderos y cagaderos perrunos discrecionales… cuestiones achacables a la efervescencia puntual del calendario. O tal vez, porque el dron y las cámaras han fallado, salvo las que publicitan que ahora es el momento de… una placa, un diploma, una medalla, un título, un sillón, un sueldo y agua en los pilares para cabras y cabritos. En casa, mantengo cerca el búcaro del abuelo, made in Barranquillo. Ojú, que caló.