EL MATACÁN: El cantante

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El cantante


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     Por regla general, un cantante se dedica a cantar, sobre todo si es un artista profesional que practica a diario, perfecciona su voz, escribe música, compone letras… en definitiva, trabaja para ganarse la vida, como cualquier hijo de vecino. A veces, la vida privada del artista, supone un plus para su cuenta corriente, ya que el mercado musical se extiende más allá del escenario y recala hasta en la toilette, con selfi incluido. De hecho, los hay que viven más de esta faceta última y son reflejo de aquel dicho popular de: “Hasta el saber rebuznar tiene poquito que estudiar”, con todos mis respetos al ganado asnal. La referencia viene a cuento ante la polémica local surgida en la presente calurosa semana en la que los cantantes más sonoros llevan por nombre chicharras, y entre las que se nos ha colado en Carmona un espécimen casi político-familiar, cuya trayectoria músico-vocal no pasa del chicharreo, y aclaro para inexpertos: Las chicharras no cantan, estridulan, como diría el científico; emiten sonidos con sus timbales, y sólo los machos, cuando más aprieta la calor, y con la finalidad de atraer a las hembras y marcar territorio.


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     La chicharra o el chicharro intruso -vulgo sotochicharra-, presenta unas características especiales por su variedad musical, que va, desde lo melódico  (Por ella), a lo chirigotero (Los pre-paraos). En ambas especialidades tiene su público seguidor, aunque muy mermado, según el ranking artístico nacional. Lo peor que lleva el ejemplar es cuando aparca los timbales y los sutituye por las cuerdas vocales para expresar ideología sin tener en cuenta que, no todo el público es de extrema derecha, ni vive en su jungla particular, donde el insulto es sostén de un ideario con preferencia carroñera. Como no hay nada de nuevo en el escenario del sotochicharra -salvo el volumen de la actual estridencia que afecta tanto al taquillero del espectáculo, como al inquilino de la Moncloa, incluidas a sus respectivas madres- no me llama la atención que el Ayuntamiento de Carmona lo contratara para las fiestas patronales. Y tras el revuelo popular, dar marcha atrás con un silencio oficial más que sospechoso, con lo que gusta al personal gobernante del Salvador subirse a un escenario.


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      En favor del sotochicharra, está su arrepentimiento por los comentarios estentóreos; uséase, insultos. Más aún, al contemplar cómo los contratos públicos se quedaban en papel mojado. De esta manera, y como buen creyente habrá hecho examen de conciencia, de la que estamos seguro que la tiene; para de seguido sentirse dolorido por lo chirriado; dirigirse al confesor y, finalmente, cumplir la penitencia, que no es otra que descolgarse de los festejos y quedarse a dos velas, nunca mejor dicho en términos parroquiales. La absolución segura que ya la tiene. 

   Lo curioso del asunto del cantante es que sus chirridos se hacen rutinarios entre un amplio sector de ciudadanos que comparten la misma ideología ultra. Sin ir más lejos, mi vecina Sol que -reclinada en el confesionario- comentaba al cura que no tenía envidia de nadie. Tras un leve titubeo matizó: Bueno, envidia no, pero al que no puedo ver, de ninguna de las maneras, es al “Coletas”. El clérigo no entendió la referencia, hasta que ella puso nombre y apellido del odiado: Pablo Iglesias. Así, y de un sobresalto, el interlocutor se descompuso: ¡Por Dios, por Dios! No miente usted a ese demonio. La señora se santiguó, recibió la bendición y, calle arriba, desplegó su canto de chicharra cara al sol por todo el vecindario. Ayer, se sentía apenada por el asunto del cantante Soto: “Porque en el fondo es un buen muchacho”.


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