EL MATACÁN: Ya soy mayor

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Ya soy mayor


     Cuando observo y leo la propaganda municipal dirigida a los carmonenses “mayores” me entra un escalofrío por el cuerpo que la mente me traslada al subsuelo de Carmona, entre mausoleos, hipogeos, galerías, ungüentarios… y, últimamente, a columbarios, ya sean eclesiásticos o civiles. Da igual. Las tarifas del sector se asemejan sin contemplaciones espirituales o terrenales; la pela es la pela. Así que, mientras los primeros le auguran un porvenir eterno, con el consiguiente abono celestial sine die -salvo que el heredero se harte de sufragar el sufragio- las segundas, sólo le aseguran temporalidad terrenal, sin más. O pagas, o columbario y cenizas al caralho, que diría el vizihno do Porto. No es por nada, pero lo del Día del Mayor me recuerda al de San Valentín, al del Abuelo, al de la Madre, al del Padre, al del Niño, al del Suegro, al de la Nuera, al del Amante… Todos los días tenemos días que festejar con flores de floristería, con velas y confetis del chino y con yacusi clandestino. Bueno, ésta última alternativa queda en exclusiva para los mayores –en descenso- más aventajados en aventuras de spa, con riesgo de spasmo.


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     No dispongo de datos fiables de cuándo se pasa a formar parte de este grupo poblacional de los mayores. De siempre, personalidades de todo el mundo han registrado frases sobre la vejez. Sí, vejez, palabra que suena tan hermosa como niñez y juventud. Porque por mucho que se quiera marear la perdiz con circunloquios como el de “mayores”, los años no se quitan de la mochila así como así. Hay que ser realistas, por lo que de todas las referencias internacionales sobre la vejez me quedo con la que se le atribuye a la actriz Katherine Hepburn: “Cuanto más se envejece más se parece la tarta de cumpleaños a un desfile de antorchas”. La frase tiene su mijita de arte, su mijita de ironía y su mijita de dulce; todo un compendio de sabiduría. No obstante, y para ser más localista, proclamo aquella que retumbó en el templo de los ladrillos coloraos, cuando el gran maestro Peñatoven exclamó: «Caaaaaadi, tú no eres vieja... tú estás chocheando».


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     Le participo que me sumo a los postulados de esta última proclama, tan gaditana y tan universal que tiene eco en cuantos pueblos presumen de aval trimilenario, como Carmona; en lo bueno, en lo regular y en lo malo. Por ello, como defensor de esa misma ancianidad, me niego al etiquetado de ser mayor, adulto mayor, de la tercera edad, de la cuarta o quinta, y las de nueva creación. Si una ciudad tiene en su haber más tres mil años de antigüedad, sus habitantes deben presumir de ello y compartir tan inmemorial legado. Formar parte de esa historia, participar de ella y aportar el grano que hace el granero cuasi eterno, hace de la vejez un estatus especial de ciudadanía. 




7f00af 6df2491d249849cbb5b00f469cc5b04a~mv2     Con esta privilegiada condición, peino melenas canas que descienden por el escarpe, endoso ungüentos por arroyos de la vega, despliego arengas desde lo alto de la fortaleza y denuncio el disfraz para unas arrugas que son surcos transcendentales de la vida. Y si me permite licencia, le propongo un nuevo término para los que superamos los sesenta con creces: Legio Augusta. Si está de acuerdo, firme pliego para traslado al foro de Carmo. Con algo de suerte, tarde o temprano, también formará parte de tan honorífico y copioso espíritu colectivo. Acaban de entrar mis dos nietos en el tablinum. Con profundas miradas, y sin mediar palabras, me trasladan su pregón: “Abueloooo, tú no eres viejo… tú estás chocheando”.   





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