De toda la vida, el patinete fue un juguete con el que los niños disfrutaban de lo lindo, sobre todo en cuesta abajo. Por ello, el callejero de Carmona pudo presumir de ser uno de los más idóneos del entorno para ejercer de multipista y sendero para tan divertido entretenimiento. Para los jóvenes que no conocieron su sencilla estructura popular, les participo de aquellos componentes primarios: Como plataforma, tabla de madera del desechado escogedor de limpieza doméstica; el manillar, un tablón de la vieja mesa camilla; de eje, dos cáncamos y pasador oxidados y, como elementos estrellas de difícil provisión, tres cojinetes de bolas del taller mecánico del barrio. Ante la falta de manetas de dirección, el artilugio se reducía al tablero con rodamientos y una cuerda de agarre. Como frenos, las insustituibles suelas de goma de los zapatos. El airbag, natural y anatómico -como puede suponer-, de esternón y pecho al descubierto. De casco, ni le cuento: mollera al viento.
En un principio, sólo se disfrutaba del patinete en calles con posibilidad de deslizamiento, pues en su mayoría el pavimento generalizado era de empedrado. Cuando se fue imponiendo poco a poco el adoquín y el acerado de losetas, las habilidades sobre el patinete fueron in crescendo, así como la peligrosidad para el vecindario. No era extraño que, desde el Postigo hasta Santa Ana, tras la bataola de los cojinetes, le siguiera un ¡uy, uy, uy, uy, uy!, rematado con un ¡ay, ay, ay, ay, ay, ay!, para finalizar con expresiones tan socorridas como “la leche que mamó” y remate en la Casa de Socorro con el brazo en cabestrillo. Llegado a este extremo, el patinete era devorado por el fuego en el corral y recuerdo infantil para toda una vida, así como las dos hostias recibidas con profundo amor paternal.
La evolución de este juguete ha pasado por etapas tan dispares que van desde el arriba descrito, al modelo actual, convertido ya en medio de transporte. Entre modelos, la influencia tecnológica ha hecho estragos. La madera del escogedor es hoy material ultraligero de nueva generación; el tablón de la mesa camilla ha pasado a fibra de carbono ajustado al usuario entre dos a cinco centímetros por debajo del ombligo; el pasador oxidado se ha reconvertido en pieza de importación japonesa y los cojinetes llegan como neumáticos todoterreno de diez pulgadas. Como complementos de alta gama, se ofrecen sistemas de amortiguación, frenos hidráulicos y motores de centenares de vatios capaces de subir la cuesta de la Garrapata en un santiamén.
Como toda evolución tecnológica que afecta al ciudadano de a pie -nunca mejor dicho- se hace necesaria una normativa municipal para los del patinete, o terminaremos como siempre, con parches a diestro y siniestro, con el ¡uy, uy, uy, uy, uy!, el ¡ay, ay, ay, ay, ay, ay! en el ambulatorio, en el Virgen Macarena o en el tanatorio, dependiendo del carajazo; casos que nos llegarán sin bataola, en silencio, por la acera, cuesta arriba y cuesta abajo. Y no son niños los que manejan hoy el patinete, sino jóvenes y adultos con los cojinetes anatómicos a pleno rendimiento. No hace falta dar más detalles a los encargados de la seguridad vial carmonense. A los profesionales con placa, porque velan por ello, y a los dirigentes políticos aficionados en la materia, que cobran sin responsabilidad alguna, no les vendría mal entrar en materia y evitar un mayúsculo patinazo.