Si en la Carmona urbana hay un lugar desde donde disfrutar de una panorámica de impacto al atardecer en invierno, sin duda es la alameda, con nombre regio, de Alfonso XIII, por aquello de la época monárquica en la que fue remozada al amparo de la exposición iberoamericana del 29. De ser paseo por excelencia durante el pasado siglo en Carmona, el paso de los años, la ha convertido en un espacio vacío, a pesar de distintas rehabilitaciones que no han llegado a recuperar su impronta de bulevar para el encuentro ciudadano.
Hoy, presenta un aspecto decadente y solitario. No hacen falta justificaciones por parte de los responsables del mantenimiento y animación, porque con tal de dar un paseo está todo dicho. Es el último enclave con alfombra de albero en el arrabal de Carmona, el resto cambió el brillante ocre por el sucedáneo de losetas de hormigón. Tal vez le quede poco para mostrar con orgullo su diseño más que centenario, cuando desde el obelisco de la glorieta remataba un lucero como símbolo de la ciudad.
La evolución urbana nada tiene que ver con su actual imagen. Por ello, mientras llegan los proyectos, las iniciativas, la propaganda... a la Alameda de Carmona lo que le hace falta con urgencia es una manita de todo, desde una punta a otra, para que los pocos niños que juegan y los contados abuelos que pasean estén seguros al correr, al caminar, que encuentren agua para beber y puedan disfrutar de la flora y del paisaje con la misma calidad que sus antepasados. De momento, esto es lo que había ayer mismo: