Hacía tiempo que no exploraba territorio gastronómico local, si no recuerdo mal desde la reciente irrupción fallera de los langostinos de Carmona. Así pues, remuevo fogones contagiado por la ola de sibaritismo carmonense imperante y por una gripe que, a falta de cita en el ambulatorio ‘Virgen de Gracia’, se está curando gracias a la virgen y al remedio que nos dejara la abuela Aldonza: catre, cuenco de leche, vinagre de los cuatro ladrones y manta zamorana. Que seríamos sin las abuelas. Ellas se lo merecen todo, incluso una exposición A, aparte de la EME publicitaria y fucsia. Lo dicho, con algo de mejoría, la pituitaria comienza a recobrar funciones sensitivas alrededor y detecta los primeros aromas de temporada que no son otros que los provenientes de las torrijas.
Qué alegría de torrijas. Las de hoy y las de siempre, lleven la actual firma de Cipriano del Albollón, o la bimilenaria romana de Marcus Gavius Apicius; ambos, maestros donde los haya en el arte torrijero aunque, puestos a elegir, me inclino, sin duda, por las del Cipri. Son más jugosas, sobre todo por la miel solar que le llega recién recolectada de los panales insertos en las macroplantas fotovoltaicas de la vega y terrazas carmonenses. Cipriano es todo un chef epicúreo, al que nunca le faltó la torrija, incluso antes de sacarse el título de grado medio de cocina ya despuntaba en el colegio, donde respondía al apelativo del Torrija, valga la redundancia. Desde su titulación -con master incluido- se lo rifan los mejores restaurantes del entorno, desde el Priorato al Palmar de Troya. Su dominio en el postre preferido de Cuaresma, le ha llevado a recibir un premio como emprendedor. Hoy dirige en el polígono logístico, junto a la fábrica de consoladores -labores se sobreentiende-, a toda una plantilla con denominación de origen y etiqueta muy nuestra: ‘Karmotorrija’.
El éxito empresarial del Cipri está en haber recuperado un ingrediente básico hasta ahora olvidado por aquello del que dirán: la tradicional rebaná. Para ello, ha seleccionado a los y a las rebanás más sobresalientes de las mejores familias, previa pregunta de rigor: ¿A ti qué te gusta más, el pan frito o la rebaná? Con tan simple interrogante ha conseguido todo un plantel laboral equiparable -por no decir superable-, a cuantas empresas confiteras del ramo suministran torrijas, incluso a casas reales, no ficticias. Cómo será la fusión de torrija-rebaná conseguida por Cipriano que en Madrid no se habla de otra cosa desde que la futura reina de España, recién jurada bandera como cadete, le manifestó en privado, tras el lunch, que prefería su torrija a la heredada de la familia.
No obstante, nuestro empresario modelo no ha querido hacer propaganda del encuentro y confidencia, ni tampoco ha entrado en el juego publicitario de hacerse foto alguna con políticos, militares o miembros de la judicatura. Incluso ha rechazado ser reconocido sobre las tablas del Teatro Cerezo. Fiel a su honestidad profesional, sólo se descolgó, a regañadientes, con una frase lapidaria: “No necesito más torrijas, con la mía tengo bastante”. Conocido el hecho por parte de las distribuidoras internacionales y próxima la semana santa a celebrar en todo el orbe, Cipriano no ha perdido comba y como buen emprendedor ha emprendido nuevo camino. Según voces autorizadas que llegan desde los polígonos industriales de Carmona, el Cipri ha conseguido el pelotazo del siglo: la exclusiva de servir las karmotorrijas, de postre, en la última cena.