Desde círculos doctos en materia de comilonas llegan al matacán los ecos del sunami navideño que, tras la pandemia, sigue batiendo record de un extremo a otro del pueblo. Sea cual fuere el territorio comanche, los peritos de mesa y mantel observan un repunte de aquel añorado convite currante del Felices Pascuas y próspero año nuevo (Felipas), que ha pasado al Catering Company Chirtmas (Cacomchi), aunque el objetivo sea el mismo: Ponerse hasta la corcha, hasta la bola y púo. No obstante, hay diferencias bien marcadas entre ambos conceptos y época. Si no recuerdo mal -hace décadas, más o menos- lo de pedir reserva en el bar, taberna, bodega o similar, ni por asomo. Y mucho menos, celebrar las Pascuas por el puente de la Inmaculada.
Como hay que seguir la corriente, y no luchar contra ella, como apuntan los expertos en seguridad, habrá que intentar asumir riesgos de manera transversal para, en momento propicio, alcanzar la orilla. La cuestión no es tan fácil, y si no, veamos ambas situaciones de manera comparativa. Partiendo de la fecha de celebración, Felipas se adelantaba, todo lo más, al día del sorteo de los niños de San Ildefonso, cuando desde primeras horas de la mañana, el runrún de números y premios sonaban a cántico popular y callejero… “nosecuantasmil peseeeeetaas”. La Caconchi, sin embargo, es atemporal, lo mismo se celebra en noviembre, coincidiendo con el día de San Cireneo, de Santa Fina, o de Santa Quieta y, ya en diciembre, por San Restituto, Santa Nina o San Metrobio. En el santoral hay de sobra para sentarse a la mesa con todas las bendiciones.
Con Felipas no era necesario reserva alguna. Los locales del gremio venerador de Santa Marta siempre estuvieron abiertos a los currantes que, tras conocer el no estar agraciados con premio alguno, ni tan siquiera con la pedrea, emprendían el banquete sin banqueta. El local no tenía por qué ser escenario permanente, todo dependía del nivel de exaltación momentáneo; lo mismo se tomaban los entrantes en el Postigo, que el primer plato por San Blas, el segundo en San Pedro, el siguiente por el Real… De cucharón y paso atrás, y así sucesivamente hasta una recogida sin penitencia, salvo el último villancico y fandango de matiz sentimental en el zaguán.
La actual Caconchi se aferra a modo de evento con mesa única, redonda, imperial y compartida. Naturalmente, el coctel previo sirve de alerta al personal para la selección de compañía cercana, debido en los últimos tiempos a la igualdad de género que ha marcado diferencia con respecto al modelo antiguo, como en número de cubiertos, platos y copas. La variable en cerámica y cristal se contempla en modelo caña, flauta, margarita… hasta el balón para los penaltis. Y no digamos del recipiente común, que pasó, de la garrafa en arrobas, a la botella, como la estándar o la magnum, entre otros perfiles.
A tenor de lo visto y comprobado, la mayor evolución ha sido en temática gastronómica: Del chorizo y chicharrones, al jamón de bellota y al queso manchego viejo; de la morcilla casera, al pincho de langostinos ecuatorianos; de las papas aliñás, al paté de cabracho; del guiso de arroz de corral y huerta, al lomo de lubina y solomillo de ternera con salsa café de París, y del polvorón, al créme brûlée. Del coste, mejor no hablar, porque de la peseta al euro, la dolorosa ha sido mortal y porque no es lo mismo un pago a prorrateo que a bizum con la app. A Pepe -mi único compañero de trabajo- se lo dije muy claro: este año pasamos de comida de empresa, nos vamos a contracorriente, de tupperware. El coste a escote y ande, ande, ande, la Marimorena.