Acaba de llegar mensaje de postas de don Alonso –Quijano, por supuesto- con objeto de verificar entuertos del Mercado Romamedieval celebrado en Carmona. La misiva deja constancia y puntual extrañeza sobre la denominación del acontecimiento comercial, cuya voluntad dejó de satisfacer al paisanaje tiempo atrás, cuando el medievo era sombra del modernismo actual. Como caballero de triste figura, pero de cachonda impronta, ha decidido ajustar para la visita acomodo en posada tradicional de la que, al parecer, compite con nuevas propuestas venteras. Así que, sin más preámbulos, la orden de Tintitos, a través de su gran maestre del Arrabal, se hizo cargo de explorar ofertas de alojamiento en la villa con las características deseadas por tan ilustre hidalgo andante. En principio, entre los corredores de corralas hubo advertencia sobre la indisponibilidad de este tipo de hospedaje, si bien otras propuestas eran más factibles con determinados condicionantes.
De ello, don Alonso quedó informado y anonadado de singulares desfachateces; tanto por el número de reales solicitados para estancia larga, como por el número de güéspedes acompañantes con derecho a catre y varas a ocupar. Además, las exigencias pasaban por presentar manuscrito de aval y carta de depósito financiero de institución acreditada. Ni que decir tiene que, visto lo visto, y a pesar de aportar un largo historial filántropo y bienaventurado, no consiguió arrendamiento acorde a sus intereses. No obstante, la correduría le expuso otras alternativas muy en alza, pero con la particularidad de contrato máximo de tres días en consonancia con la festividad eclesiástica y libre de la supervisión comisaria.
Abrumado por no poder satisfacer la demanda del afamado visitante, el gestor inmobiliario dio detallada cuenta de sus contactos entre la mafia del sector. Así, le trasladó que un día de estancia en Carmona costaría alrededor de quince mil maravedíes de vellón, y si sus pensamientos se decantaban por la compra de vivienda, la cosa andaría por unos tres mil reales, cantidades al alcance de muy pocos, a excepción de acaudalados de nobleza indiana. De hecho, por cercanías a la plaza mayor, el hospedaje se ha disparado de tal manera que la fisonomía de los barrios ha apresurado el desalojo de corralas. Así, las pocas vecinas empadronadas en tan histórico territorio llevan hábitos, la mayoría originarias de África y ya despuntan como novicias en alquiler de alojamientos conventuales.
A pesar de la escasez de aposentos acordes con la necesidad, bolsa e interés por el mercado medievo, don Alonso ha solicitado apurar un último resquicio, aunque sea disfrazado de peregrino caminante, por lo que ha sido informado que la única hospedería entre murallas se localiza en la antigua calle Cementerio, perteneció a un marqués, pasó al Consistorio y no se supo más de ella. Hoy, está cerrada, en ruinas y sola, cual bolero de Café Quijano. Con esta última referencia de tan notable apellido, la orden de Tintitos estudia trasladar la residencia puntual del insigne visitante, al Castillo de Luna y casa de aquel hijo predilecto de Carmona, que tanta huella Romamedieval dejara y fijara residencia en Mairena del Alcor. Vaya usted a saber el porqué. De momento, don Alonso Quijano se lo está pensando.