Los palcos para ver las cofradías de Carmona son de reciente invención cuyo objetivo se supone que es dar oficialidad y ornato al paso de los cortejos. Cada espectador busca el suyo en función de intereses personales, cercanía, familiaridad, circunstancias y edades. La Quinta Angustia, la de San Francisco, como se conoció de siempre vox populi, dispone de dos sugerentes y exclusivas lunetas. Entre una, el Paseo, y otra, la bardilla, todo un universo con planeta de Miércoles Santo. En ese cosmos creativo las imágenes del Desprendiemiento dejan estelas en el Arrabal y cometas en cuanto la órbita se desplaza por Tinajería y Tahona para su contemplación terrenal a la misma altura, para hablarle de tú a tú a la obra de Antonio Eslava y de Castillo Lastrucci.
Al fondo, en el antiguo huerto conventual franciscano no deja de sonar, con humilde tintineo, el bronce que sirve de llamada al vecindario para ocupar la bardilla. No se llega al completo como antaño, pero aún mantiene el alma de un barrio que fue más patio de vecinos que de caserío urbano. En su singular plazuela, puerta de la casa de Eslava, el grupo escultórico del hijo predilecto marca un antes y un después entre los fieles que suben cada año al madero entre sábanas blancas para descender al Maestro. Si la escena del imaginero carmonense impacta en bajada hacia la capilla, el perfil de Angustias tras las rejas del huerto completan un lienzo de muchos quilates cofrades.