Una trilogía literaria y artística se podría realizar con la Carmona de un Viernes Santo, en la que los estímulos sensoriales en la calle hacen de la misma un argumento para enmarcar. Desde la música como prólogo en la Alameda al cante de saetas en la calle del Palomar como epílogo. Su título, desamparado, humilde y silencioso, deja los capítulos y páginas en blanco para que cada carmonense escriba sus vivencias. Así que, puestos a tal colaboración, aún al mediodía y con la tibieza de los efectos de la madrugada, se alza en el foro y en la lonja de la prioral el desamparado crucificado sobre unas andas de romántica artesanía, reliquia de una carpintería que compite con la pujanza actual de la brillante orfebrería.
Apenas da tiempos de cruzar la muralla, los pasos nos dejan en la Alameda, tras oir de lejos las notas de decenas de pentagramas que fluyen en afinación de instrumentos. Bajo los naranjos de un pilar que espera la reposición de una imagen con más de medio milenio de historia, la espera se hace más que atractiva. No tardaron mucho las campanas de San Pedro en avisar que el humilde, sentado en una piedra, pusiera reflexión a su triste final, frente a frente a un azulejo cercano dedicado a hombre de similar destino y patriota terrenal: Blas Infante. El perfil de la torre del homenaje de la fortaleza, sirve de muro de lamentaciones para una dolorosa de todos sus hijos sean de la lejana Galilea, sea de la cercana Andalucía.
La noche silenciosa de la jornada no necesita de altavoces para hacer callar al gentío. Para eso está el muñidor. La calle del Palomar, la científica de Ramón y Cajal y universitaria de Olavide se confabula con los saeteros para fundirse con la copla desgarrada. La liturgia del cortejo adquiere matices más allá de los registros evangélicos. El romano, la verónica, el pertiguero... la simbología espera reiniciar el camino, la parada no tiene otra razón de ser que la que llega desde el balcón frente a Sol, allí Peroles reza a su manera a la madre y al hijo, como lo hicieron sus antepasados y dinastías flamencas. Matute llama sin más aspavientos que el golpe seco de marcha. Hecho del menos al de Cirine, el que ayuda en el camino cuando el mundo se viene abajo. Sol nunca se queda en penumbra.