Con redoble lento y acompasado, la percusión de la Banda de Música del Arrabal rindió, ayer, honores en vía fúnebre, desde la esquina de Santa Ana a la San Juan Grande, al cortejo del Santo Entierro, tras su camino de visita a sus orígenes. La entrada en la vía de San Pedro se hizo más oficial, salvo en el amplio grupo infantil a cargo de paveros vocacionales; toda una entrañable estampa popular. La fila de naranjos, fueron los encargados naturales de proporcionar aromas al cortejo de túnicas del amplio espectro cofrade, representantes de las corporaciones que fueron nómina de la presente Semana Mayor.
Todo un recital de marchas procesionales se pudo escuchar con sonoridad impecable a lo largo del tramo central; auditorio sinigual si se conoce con detalle el lugar más propicio para contemplar el conjunto imaginero de Francisco Buiza. Con particularidades que sólo el espectador avezado afina, la orfebrería y la monumentalidad en el escenario proporcionan huellas muy personales en el objetivo de la cámara a lo largo de la travesía. No hay soledad en la encrucijada de caminos, ni junto a Soledad, al paso de una fuente estrellas con chorros de aguas de un manantial que brotó también fúnebre. Sopla el levante arriba en la torre del homenaje, la Puerta de Sevilla rinde el suyo en recogida a San Bartolomé, su camposanto.