EL MATACÁN: Perdidos por los rincones

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Perdidos por los rincones

 

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    Entrada la noche y sin un alma alrededor, doblaba la esquina del Palenque cuando se acercó una familia turista a pedir orientación para regresar a su lugar de hospedaje. Se veían apuraíllos –como dice la copla- tanto el padre, la madre y, por contagio, la chavalería. Balbuceando -pues de español ni sílaba- apuntaban al móvil para que les indicara sobre el mapa hacia dónde dirigirse, pues no daban pie con bolo, mirando a diestro, siniestro, fachadas arriba y abajo. Dada la dificultad para una observación directa del callejero, me enseñaron la publicidad del alojamiento: El Rincón del Tuno. El remedio fue peor que la enfermedad. Hete aquí, cómo dar respuesta inmediata a los visitantes cuando el único tuno local del que tienes noticias es de la época del descubrimiento de la Necrópolis. Menos mal que, con algo de olfato sabueso, les indiqué tomar hacia la derecha en busca de la calle Torno Madre de Dios, donde con toda probabilidad encontrarían su parada y fonda.


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          La familia no entendió lo de coger por la derecha, a pesar del esfuerzo manual, incluido código de navegación, por si acaso. Tras varios intentos, observé como sus rostros, más que ignorancia, reflejaban canguelo de alto nivel. Miraban la embocadura del callejón, la tenue luz del farol, la sombra del primer arquillo, un muro al fondo… Como para que un vecino gracioso soltara un ssshhhh o un ñiiiiik de cadencia medieval. Dada la situación, y siguiendo los cánones de buena conducta carmonensis, le hice señal para que me acompañaran.

       ¡Qué paradoja! Así que, a paso legionario siguieron los míos con brío y determinación. No es que uno tenga madera de héroe, pero sí familiaridad con el entorno del Torno: donde la señora salamanquesa disfruta de su salvaje paraíso mosquitero; los viejos muros sirven de pizarra libertaria; la cancela de Baños, de perfil cofrade; el cántico monjil de lejanía y los olores de la cocina goyesca por cercanía.


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     Al final, gracias a dios, dimos en el callejón de Madre de Dios con el Rincón del Tuno, alojamiento contratado por la familia para el descanso. Su felicidad fue total. Con reiteración excesiva, agradecieron el haberle servido de guía, cual abanderado de la tuna. Entre el sorry, el escuse moi, el entschuldigung, el sumimasen… tan sólo les faltó cantarme “Clavelitos”, compartir el tradicional aguinaldo y el salto con pandereta entre piernas. Con la satisfacción del deber cumplido para con aquellos foráneos que hoy disfrutan de lo que tantos vecinos perdieron, retomé de nuevo callejón abajo al encuentro con las murallas. Entre cavilaciones propia del escenario, afloró la necesidad de que los poderes públicos encuentren la fórmula para conjugar, en la Carmona antigua, viviendas permanentes para los nativos y temporales para los turistas.

     Es de justicia social que las generaciones de carmonenses, mantenedores con su esfuerzo y trabajo a lo largo de los siglos de un modelo sostenible de paisaje urbano con historia, sigan siendo partícipes de ese legado vivo en los barrios populares de la ciudad y no verse abocados a residir -si tienen suerte- en los extramuros y localidades vecinas por mor del boom turístico. No creo que haya que ser un Einstein, ni ponerse al día en física cuántica, para conseguir esa fórmula racional compatible con el devenir de los tiempos. Si el Lucero de Europa pierde su luz propia y natural quedará tan sólo en metáfora poética y parque temático internacional, en el que los tunos contratados para el espectáculo ni tan siquiera podrán pernoctar en su rincón romántico del Torno de Madre de Dios. 


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