Atardecer overbooking

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Atardecer overbooking

La feria de Carmona tiene a lo largo de sus jornadas festivas diversos momentos de interés reporteril que muchas veces pasan desapercibidos para los protagonistas que la disfrutan. En todas las ediciones no es posible captarlas por muchos factores, sobre todo climatológicos y ambientales. Ayer, fue uno de esos atardeceres en los que  la crónica se nos fue casi volando entre el Paseo del Carmen y la Calle del Infierno. 


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Hora de overbooking, cuando las mesas de viandas se retiran para dar paso a la permanente pista de baile. Cuando los licores relevan a los rebujitos en la barra. Cuando los vapores etílicos hacen perder algo... o mucho de la permanente timidez y despiertan la euforia entre música estridente y coro desafinado. Da lo mismo, lo último de Rosalía que la inmortal Gallina Turuleta. Todo está permitido en lo que a estilo se refiere, tanto en la danza como en la compostura. De ahí que, de vez en cuando el personal tome aires en la calle y produzca el correspondiente atasco entre las dos aguas de casetas con besos entre pañoletas.


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Y por escalinata arriba, en un primer piso, damos con la calle del Infierno en la que el rojo adquiere matices naturales. El pulpo deja claro que es capaz de tranformar la paleta y usa su particular cromomatoforismo para dar súbitos trallazos tentáculo arriba y abajo. Nada más aterrizar de la volata marítima, las luces se encienden en toda la explana de satanás, por lo que procede subir más arriba hacia la constelación celeste. Para ello nunca mejor que una montaña de vértigo  que lo mismo te sitúa en el cerro de los túmulos de la Necrópolis que a pie del bazar chino. Toda una epopeya. Más que epopeya, una odisea si osamos enfrentarnos de lleno en el vaiven de una barca vikinga junto a un módulo de entrenamiento espacial.

  

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Aún en la atsmósfera, las nubes toman perfiles de claroscuro; en tierra, las luces adquieren las viejas tonalidades de neón. Dragones, gusanos, toros, látigos... lanzan a diestro y siniestro, fuego, seda, bufidos, voltios... Mientras cae la noche, las casetas recobran manteles de quita y pon, platos de pescaíto, filetitos y algún que otro marisco a saber de qué costa mundial fue realizada su captura. A ritmo discotequero, una marea se mueve a compás orquestas. Sin más reserva disponible para la lucidez, aún queda el recrearse de una estampa surrealista como la frescura de una bandeja de cocos indenosios y el fuste de Jaldón en una jornada para enmarcar.  

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