Cada día es un martirio / el salir a cuatro ruedas, / ya de ocio o de mandado, / tiene tela marinera. / La cosa se ha puesto chunga / circular por llano o cuesta / y de aparcar, ni te digo, / ni en laboral ni de fiesta. / Si encuentra plaza, avise, / por privado, con falseta, / no se entere algún listillo / con las alperchas puestas / y antes que cante el gallo / se cuelan por tu derecha, / dejándote cara tonto, / tonto y dando otra vuelta. / Así, que, sin más remedio, / después de hora y media, / llegas con suerte al Cubete / como si pisaras la meta, / con depósito vacío / y destrozadas las ruedas. / Por mucho que aligeres, / del entierro nadie queda, / la cabezada otro día / para misa de novena / a no ser que el difunto / se atasque por Vendederas / o pidas un tiempo muerto / al equipo de Mancera. / Lo mejor es despedirse / por el Chencho y su verea, / un adiós como dios manda, / sin prisas de lanzadera, / caminito de Guadajoz, / de fondo Sierra Morena. /
El laberinto te llama / por calles y por plazuelas. / No se salvan costanillas, / ni arquillos ni callejuelas, / por do disputan compás, / coches, motos, bicicletas / y, para remate final, / patinetes por la acera. / No hay minotauro escondido / como el cornudo de Creta, / tampoco erales cercanos / de naciente cornamenta, / de difíciles requiebros, / acá por Siete Revueltas. / Junto a Baños, filigranas, / estrecheces de franela, / puntadas de don aires / huérfano de su veleta, / por donde no pasa naide / salvo en recorte de fiestas, / paso a paso penitente / en busca de una saeta. / Arquitectura de sabios / marcaron noble silueta, / encrucijada de cascos / para cal, terrizo y piedra. / Todo lo más para el carro, / la calesa o la carreta, / visual de daga y espada / de juglar y pandereta / donde las prisas dormían / bajo la parra en la siesta.
En ésta hallaba descanso / entre ensueños de nobleza. / Corcel de vistosa capa / relinchaba entre riendas, desde el Arrabal va a trote, / enfilando hacia la puerta; / a la que llaman de Sevilla, / de Carmona fortaleza, / que después de tantos siglos / no atraviesa burra penca, / todo lo más un heraldo / o legión de soldadesca. / Sea todo por la Carmo, / por la Carmo de la pela, / la que llena de talentos / las arcas de escarapelas / de colores rojigualdas / y telúricas pulseras. / El alto dan a rodajes, / prioridad a diligencias, / prioridad internacional, / las demás que den la vuelta / y todas sin rechistar / inclusive la Gamberra / que Picacho abajo va, / a presumir de su vega, / a saludar a la ermita / en rampa de pasarela. /
El tordo por el Palenque / prueba al paso. Desespera. / No hay manera de avanzar, / las vallas de Biblioteca / le obligan a desviarse / por la que asoma la Vieja. / Senectudes del medievo, / de corral y corraletas, / otro cierre en el arquillo / señala Puerta Marchena / como escape obligatorio / por el Molino Romera. / Obras por el Alcázar, / tire usted por donde pueda; / por el barranco del Pipa, / por Gil de Palma a la izquierda /, calle Calatrava abajo, / imposible a la derecha / Puerta Córdoba cerrada / y el minotauro despierta. / El mugido da el aviso / de tanto cartel y flechas / busco salida al escarpe / que el Albollón me la presta, / a galope voy tendido / entre las sombras de higueras / y bajo el humilladero, / caballero y corcel rezan /. Se acabó la pesadilla / la parra, la hamaca y la siesta. / De nuevo frente al volante / la realidad me despierta / y al doblar por Santa Ana / suenan tambores, cornetas, / sólo me queda Marruecos / para alcanzar la frontera, / llegar a la Ronda Norte / y sea lo que dios quiera. / Y porque así lo quiso dios / y tres enjutas cabezas, / la Alcantarilla cortada, / hay que darse media vuelta. Dédalo abre sus alas / y la salida me enseña, / caminito de Guadajoz, de fondo Sierra Morena. /