Las prioridades se han puesto de moda por doquier, sobre todo en el ámbito político. Hay formaciones que anteponen la prioridad nacional a cualquier otra cuestión, independientemente de su respaldo legal. Para unos -los más ultras-, apuntan que, para conseguir ayudas y prestación de servicios, la españolidad es preferente sobre la extranjería; para los menos ultras, pero en la misma línea, la preferencia ciudadana se disimula con el hecho del arraigo próximo ajeno a la nacionalidad. Matiz arriba, matiz abajo, de lo que se trata es de obstaculizar a un importante sector de la población en acceder a mejor calidad de vida. Por ello, me vienen a la memoria, aquellas imágenes en blanco y negro que hace décadas reflejaban la discriminación racial en Estados Unidos, en las que el color de la piel se anteponía a derechos tan fundamentales como el de ocupar espacios públicos.
Mantener una postura ambigua sobre el concepto de prioridad para ejercer la discriminación no sólo es aberrante, sino inmoral desde el pensamiento humanista que aspira al desarrollo integral de la persona. Si se imponen las tesis actuales de prioridades y, por ende, al recorte de posibilidades a conciudadanos, estaremos cayendo en un círculo de autodestrucción. La historia está ahí para aprender de los errores. No hace falta ser filósofo para posicionarse a favor de la construcción de nuevas relaciones humanas a través de la solidaridad. Y ya no sólo por motivos éticos, sino por necesidad para sobrevivir. Si la idea de la priorización nacional se extiende, el siguiente paso será el de la priorización regional, a la que le seguirá, la comarcal, la local, y por último la personal. De ahí que muchos ‘prioricistas’, anclados en su trinchera, ya ejercen a su alrededor, estableciendo conductas exclusivas hacia aquellos con rasgos distintos, sean físicos o sociales, salvo por interés personal y de supervivencia.
En nuestro entorno más próximo, en nuestra Carmona, ya se observan estos comportamientos de manera alarmante. Por un lado, la prioridad personal viene dada por el enchufe directo de familiares o correligionarios a ocupar puestos de carácter público, sesgando así la igualdad de oportunidades. No es nada nuevo, pero sí de actualidad descarada. Es el embrión de clanes que refuerzan sus autodefensas con barreras sociales y filtros doctrinales. Conseguir pasar el cedazo, hace del aventurero un fiel aliado ultraconservador dispuesto a vocear día y noche las excelencias de la prioridad. Su lealtad tiene como alegato la xenofobia con matices árabes o hispanohablantes “porque causan problemas”, salvo aquellos que le sirven en el velador, cuidan a los mayores que no queremos o podemos cuidar, recogen las cosechas que no queremos recoger y empujan los carritos de los dependientes. Son neo esclavos a la carta, salvo la excepcionalidad del que te recibe en la consulta con el fonendo a la vista.
La continuidad de las prioridades en función de la territorialidad, nos llevará, de seguir por estos derroteros cercanos, a que los vecinos del casco histórico tengan prerrogativas con respecto a los de las urbanizaciones o extramuros, los alumnos de la privada sobre los de la pública, los turistas sobre el vecindario, las fotovoltaicas sobre el campo… Y tras ellas, le tocará el turno a lo individual, dependiendo del género, de la cuenta corriente, de la discapacidad, de la religión, de la enfermedad… La historia de la prioridad nacional tiene un conocido recorrido que acaba en guetos y campos de concentración, sin cita previa.