Ca uno es ca uno, y tiene sus caunás. Así, al completo se recoge un proverbio popular carmonense -según fuentes literarias de contrastada solvencia- cuya autoría permanece aún en el anonimato, a pesar del intento hacia una aproximación para despejar la incógnita. Me llega de sopetón, entre dimes y diretes en tertulia frecuente y compartida, acompañada del refrigerio de mediodía… rubias heladas y tintos de verano, con más blanca que tinto. Ca uno es ca uno, y bebe lo que mejor agrada a las papilas gustativas que son –diga lo que diga la publicidad- las que mandan en terreno propicio de los cinco sentidos. Otra cosa es la cauná, que depende de determinados factores, sean biológicos, genéticos, psicológicos, sociales y culturales.
Lo curioso de la expresión es su sentido universal del librepensamiento; corriente filosófica que aboga por el análisis y la observación ante el dogmatismo, sea político, religioso o ideológico. Con estos principios básicos por delante, no nos debe de extrañar que ca uno se exprese como le salga de su academia personal y tenga sus caunás sin pasar por filtro alguno. Lo más llamativo del actual legado localista es su pérdida de identidad. Vayamos con ejemplos para mejor entendimiento. Los hay quienes al margen de ser ca uno como es, intenta imitar o parecer al ca uno de enfrente, sea por reminiscencia primate, por interés puntual o disfraz social. Ya no existen braceros, boticarios, barberos, maestros, blanqueadores, churreros, gañanes… Y, sin embargo, las profesiones siguen ahí, rebautizadas y ca una con sus caunás.
Otro modelo del dicho carmonense en cuestión nos llega del sector panadero, hoy panificador. Así, de las veintidós panaderías existentes en Carmona en el pasado siglo…
Sí, veintidós, ni una más ni una menos. Así me lo confirma un alumno aventajado y confidente que matiza inclusive los nombres y apodos: desde el Negro por San Blas, Mancera por Santa María, el Arrecío por San Felipe, Eslava por Antón Gutiérrez, Acosta en el León, el Kiki por Santa Lucía… Eran, naturalmente, otros tiempos, cuando ca uno era ca uno y sus panes tenían su caunás, pero con el denominador común de elaboración basado en la masa madre que daba al pan una textura y digestibilidad inconfundible. El de hoy, el de supermercado y similares, de elaboración procesada y masa congelada, no digo que sea malo, pero sí diferente y del que se desconoce la madre masa que lo parió.
Lo curioso del proverbio popular es su ausencia y lejanía de la actualidad, carencias que dan lugar y beneficio a la uniformidad general que hace de la masa, sobre todo la cerebral, por su escasa fermentación, un recuerdo de nuestros ancestros bonobos (Pan paniscus): que no tienen nada que ver con nuestro crujiente pan candeal. El ca uno es ca uno, tuvo rúbrica en época de obligado analfabetismo. El de hoy, propiciado por la pandemia de las redes sociales ausente de incentivos para la lectura, la reflexión, el análisis y la cultura ha modificado la sentencia: Ca uno es ca uno, pero todos tienen las mismas caunás; aunque todavía hay algunos que no nos conformamos con tan poco. Ya lo dijo el loco Quintero: “Un poquito más, hombre. Un poquito más, un poquito más, hombre…”