El 18 de julio de 1936 -ayer hizo noventa años-, Queipo de Llano, general de la 2ª Región Militar en Sevilla lanzaba un bando con el que declaró el estado de guerra en todo el territorio de la división. El contenido, desarrollado en 16 artículos, confirmaba un golpe militar contra el Gobierno de España y la Constitución. Ese día en Carmona, la autoridad municipal –el alcalde Francisco Rodríguez Ojeda “Curro Elías”, y la militar -el capitán de la Guardia Civil Juan Peralta Villar- se encontraban ausentes de la ciudad. Tras conocerse la rebelión golpista, algunos dirigentes obreros se trasladaron a Sevilla para conocer la situación real en la capital. Al atardecer, en el Ayuntamiento carmonense se constituyó el comité local de defensa formado por: Antonio García Lería (socialista), José Sabín Pérez (anarquista), Manuel Gómez Montes (republicano) y Manuel Rodríguez Mallado (comunista).
Con la publicación de un bando de ocho puntos, se dirigieron a los carmonenses de manera preventiva, con obligaciones y órdenes al considerar que “los momentos son graves, y el pueblo ha de seguir con ahínco y coraje, dispuesto como hasta ahora, a morir en defensa de la libertad y la justicia”.
Al día siguiente, 19 de julio, -hoy hace noventa años- el comité acordó con el teniente de la Guardia Civil, Rafael Martín Cerezo –que no se sumó al golpe-, la vigilancia de los accesos a Carmona en piquetes por separados (paisanos y guardias civiles). Para ello, el jefe de la Policía Municipal, Gómez Montes hizo un reparto de armas entre ciudadanos. Un incidente, producido por error en un control en la “Comarcal” (hoy Paseo del Carmen), dejó heridos y muerto al guardia Clemente Ridruejo Ayo. Tras el suceso, el teniente Martín Cerezo acuarteló a los guardias civiles bajo su mando.
El 20 de julio, el comité local de Carmona estableció diversos puntos de defensa en la ciudad: En el Carmen por la carretera nacional; una barricada en la calle Sevilla; otra en el Paseo ante el convento de Concepción; piquetes apostados en el Teatro Cerezo, la torre de San Pedro, la puerta de Sevilla, en la salida hacia Córdoba y las ramificaciones hacia Lora del Río y Arahal.
El 21 de julio, una compañía de regulares, al mando del capitán Elías Cortés Quirell entró en Carmona por la necrópolis y la carretera nacional en dos filas pegada a las paredes, por las aceras de la calle Sevilla y del paseo, sin encontrar resistencia. Cuando los golpistas se encontraban entre la puerta de Sevilla y el teatro recibieron descargas de fusiles, escopetas y bombas caseras por todas partes. Hubo regulares heridos. La compañía retrocedió y tomó el teatro.
De allí, los militares huyeron empleando a prisioneros como escudos, y dejando a su suerte al derechista Manuel Villa Baena quien acompañaba a los rebeldes y que intentó parlamentar con los dirigentes locales. Aquella noche, Queipo amenazó por la radio con un castigo ejemplar para Carmona.
El 22 de julio, sobre las once horas, un avión bombardeó la ciudad, amedrentó al vecindario y abrió paso a la columna Lapatza-Rementería que ametralló los accesos a la ciudad y cañoneó las barricadas, tomando la población con relativa facilidad. Los defensores carmonenses se ocultaron o huyeron ante la supremacía en el armamento.
A partir de esta fecha, y durante cuatro meses, Carmona sufrió el mayor holocausto de su historia: doscientos carmonenses fueron asesinados víctimas del fascismo. La lista prosiguió en territorio español durante la contienda civil, posguerra y allende de la frontera… hasta Mauthausen.