Hay liturgias que merecen la pena compartir en Carmona. Una de ellas es, sin duda, el mercadillo de los lunes; un reencuentro con el vecindario ajeno a la sofisticación de los centros comerciales cargados de publicidad artificial. Están de moda los mercados medievales, árabes, mozárabes, romanos y... desde siempre, los contemporáneos; los que en cada localidad tienen fijada la jornada semanal.
El de Carmona levanta campamento el primer día de la semana, con el que se rompe el descanso dominical y se da actividad laboral propicia para acudir a la llamada de la venta ambulante que fija plaza en una particular y Real calle: La del infierno en días de Feria.
Fuera de esta festividad, es una amplia parcela, que sirve de aparcamiento el resto de la semana, que acoge los lunes a unos sesenta puestos de venta. El trasiego de personal lo hace más atractivo porque propicia, además del efecto comprador, el del encuentro y la relación vecinal.
En esta acampada comercial y típico bulevar se ofrecen todo tipo de productos que van desde los comestibles, los de hogar, tejidos, confección y un largo etcétera, en el que la demanda se hace notar en algunos como en los que se venden frescos, de temporada, de la huerta.
La luz natural, entre calles, le da un encanto especial y los matices de colores en los puestos recrean más aún el ambiente. Si a este escenario se añade algún que otro pregón... ¡Culotes, piratas... de todas la tallas! El argumento está servido para cualquier apunte literario.