No se venga todavía de donde esté. No se le ocurra volver si dispone de esa oportunidad de continuidad. Deje la nostalgia y el ligero equipaje -como cantaba Nino Bravo en un ‘Beso y una flor’- hasta que bajen las temperaturas y se pueda respirar con normalidad en esta Carmona en la que el único cántico audible a día de hoy es el de las chicharras. Las que no podían faltar, como cada agosto infernal, entre estas cuatro líneas con dedicatoria a tan ilustre soprano ligera; la que insufla agudos con tesitura del Do4 al Do6 y del Mi, ni te digo. Vamos, que, si la tienes como vecina, no te deja do-mí, ni en el so-fa, que diría el trio de notas musicales por excelencia. Son tan sutiles en sus interpretaciones que, según el auditorio natural, el despliegue de facultades vibratorias varía de manera acusada. No es lo mismo, escuchar su sinfonía en la Plazuela de Lasso que en la Cuesta de San Mateo; ambos lugares con encanto por descubrir ante su abandono en el paisaje urbano y cultural.
La chicharra carmonense es chicharra auténtica, nada que ver con su homónima cigarra de otros lugares y protagonista de fábulas. La nuestra tiene una personalidad achicharradora. La hormiga ni se le acerca en disputa, no por aquello del laboreo y la moraleja, sino por los cuarenta y tantos grados que se soporta a la sombra, mientras aquella canta incansable. Lo hace con volumen exagerado, cuanto más calor mayor es la escala zumbadora a interpretar. Se trata, según un paisano y colega entomólogo, de una llamada de cortejo para atraer a las hembras. Es decir, que el que canta es el macho: el chicharrón. Pues conocido el detalle nupcial sinfónico a base de timbales, hay que corregir el desagravio y llamar a las cosas por su nombre como mandan los cánones escribidores: la chicharra no es soprano, es chicharrón contratenor, aunque su voz tenga timbre femenino.
Aclarada la controversia zoológica, vuelvo a insistir en que siga de veraneo en parcela, campo o playa, con brisa o con poniente, cercano a buena nevera y matalotaje a discreción. Lo que se decía, no hace tanto tiempo, una buena talega apretada, donde no faltaban los chicharrones, muy distintos a los machos chicharras. Aquellos, residuos de las pellas del cerdo que se regalaban en las carnicerías del barrio y en las cuarteladas de la Plaza de Abastos. Olores de antaño, efluvios de barreños de zinc, de matanza corralera… Aquel producto de elaboración doméstica y gratuito que, hoy, por aquello de la evolución gastronómica, tiene etiqueta gourmet y precio prohibitivo por mucha denominación de origen gaditana que se les dé. El chicharrón será chicharrón aquí y en San Petersjabugo. Y, la chicharra, chicharra, desde el Arroyo del Cochino al Cortijo del Chicharro.
Mantengo la advertencia inicial de lo que puede ocurrirle si vuelve a Carmona en estos días tan señalados como el de San Lorenzo: quedarse chicharrado. Tanto por la orquesta sinfónica de nuestros ilustres tenores en celo, como por la está cayendo desde lo alto con avisos del amarillo al rojo casi permanentes. La unión de ambos fenómenos hace del día un martirio a la parrilla. De noche, tanto unos como otros dan algo de tregua, pero sólo eso, un paréntesis que no da para recomponer el cuerpo. Suelto los bártulos del escritorio y me retiro. Esto no hay quién lo aguante. Acaban de unirse al concierto estival un par de grillos de nueva generación con ganas de ligar por territorio cercano. Insecticida en mano, no logro localizarlos. Tiro la toalla. Me eclipso.