Al hilo de la invasión de insectos y arácnidos que pululan como turistas por distintos barrios de Carmona, llámense cucarachas, avispones, garrapatas, chicharras…, hago de nuevo mención especial a mis okupas grillos; animalitos fuente de inspiración literaria universal, de la que no doy reseñas por esquivar pedantería. En el caso doméstico, su silencio nocturno y temporal me abruma por el no vaya a ser que, tras el uso puntual del insecticida en aquella noche de sinfonía infernal, hayan desaparecido de casa y cargue nuevo peso en la mochila bioética. Por ello, me siento obligado en resarcir posibles daños morales a los parientes cercanos a Pepito Grillo, del que tomo nota por su repercusión en la infancia. Otra cosa es la visión del adulto que, alejado de la ficción, sentencia: Este mundillo es una olla de grillos.
Y no falta a la verdad el contenido de este refrán popular. En el mundillo más cercano, ajeno a la escenografía impuesta por las redes sociales imperantes, pero esclavo de su influencia, la olla, sea la que sea, emite el mismo pitido tras el hervor de ingredientes irracionales. La competición social llega al extremo de convertirse en argumento irrisorio de un vodevil diario sin visos de cambio. Ora en la barra del bar, ora en la peluquería, ora en el supermercado, ora ante la pantalla de televisión… ora pro nobis, aunque por mucho ruego que se haga al personal, la olla alcanza ya tal presión que se hace difícil de calibrar sin manómetro de última generación. Ante tal exprés y estrés, surgen las dudas sobre si es preferible convivir de manera temporal bajo los cánticos de apareamiento de los pepitos, que del caos reinante en el permanente mundillo de los oselitos.
Como de seguro que usted no es ajeno al mismo, salvo que viva enclaustrado y contemplativo de cara a la pared, convendrá que nuestra olla se hace insoportable, está repleta de chismes, bulos, egocentrismo, intereses… y todos emitidos a la vez, sin posibilidad de entendimiento y con tal volumen que aquel acertado dicho de las paredes oyen ha quedado obsoleto y como pieza de museo en el refranero. Cómo estará el cotarro que, sin salir mucho de casa, se puede enterar de lo que se cuece desde el Almendral a la Alcantarilla sin necesidad de cámaras o sensores acústicos. Y si prefiere información matinal del vecindario a base de opiniones encontradas, del mucho ruido y pocas nueces, pida un café a la hora del desayuno en cualquier terraza o bar, lugares cuya popularidad en la mañana se han reconvertido en ollas de amplia gama grillera.
Sin ir más lejos, hoy mismo, haciendo oídos sordos y tostada en la mano, he tenido noticias del proyecto de construcción de una estación de autobuses, de la ampliación de la plantilla de médicos y especialidades en el ambulatorio, de la desbordante oferta de alquiler de viviendas familiares, de los amplios proyectos de atención a la dependencia, del resurgir de modernas residencias de personas mayores, de interioridades sobre vida y obras de cargos públicos y de todo aquel que pasaba por el escaso espacio que han dejado los veladores en la acera. La curiosidad me llevó a distinguir la diversidad de ollas presentes: de hierro fundido, inoxidables, antioxidantes, antiadherentes, de cerámica, de barro… Acabo de recibir de ellas varias miradas fulminantes en busca de una radiografía de cuerpo entero para diagnóstico múltiple. El grillerío es ensordecedor. Prometí no volver a usar el insecticida, aunque ganas no faltan.