EL MATACÁN: Corporación bajo mazas

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Corporación bajo mazas


     Este año no hemos podido asistir, por motivos de vagancia, al desfile de los concejales desde la Casa Consistorial a la prioral de Santa María en el día de la Patrona. No sé el porqué de esa atracción a tan sui géneris parada civil. Quizás el disco duro nos quedó marcado con sangre patriótica artificial de tanto redoble de tambor cuando, con uniforme caqui de gala y serrucho a la espalda, marcábamos el paso en cada ceremonia militar o eclesiástica. Porque a pesar del devenir de los tiempos, de la Constitución, del Estado laico y de las separaciones de poder, los curas siguen mandando más que la milicia y los alcaldes, digan lo que digan los servidores públicos de una y otra bancada.

 

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     Si alguien lo duda, tan sólo tiene que echarle un vistazo al álbum de fotos de ayer y hoy para comprobar que, salvo excepciones, se sigue besando lo que se ponga por delante, se porta la vara sea de medir o de palio y se desea umbela papal. En realidad, el desfile no ha dejado de ser una escenificación de poder, sea político, militar o religioso, como el caso que nos ocupa: el de la Corporación Municipal. Su simbología de autoridad en comitiva bajo mazas, nos llega desde tiempos remotos. Hasta no hace mucho los maceros eran policías locales, después tomaron relevo otros funcionarios de puerta y, ahora, salvo error protocolario, personal figurante cual modelo fotográfico discrecional. 

     No se escandalice, antaño también los hubo. Un signo ostensible se añade a la herramienta del capitular: el bastón o vara de mando. Bueno, lo del mando es un decir porque algunos, con vara o sin vara, le va como anillo al dedo lo de: “¡Periquillo con mando!, ya estoy temblando”. En esto del refranero hay para todo, como en botica.

    

      En nuestra comitiva local no todo el personal concejil ostenta bastón. Desconozco el actual protocolo en materia varal, pero me parece que los de la oposición van de manos vacías. Mejor así, no vaya a ser que algún día salgan a bastonazos y tenga que mediar el cura. No obstante, los del gobierno mantienen su jerarquía: el alcalde lo porta con empuñadura y cordón con borlas de oro, mientras que los tenientes del ídem, negro, plateado, o a pelo, sin más. Recuerdo como en alguna ocasión hubo rifirrafe entre correligionarios por llevar o no bastón. 


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     Y es que cada uno quiere lucir mando en lo que sea, a pesar del déficit doméstico, o lo que es lo mismo: no manda ni en su casa. No obstante, cuando suenan los compases de la banda de música, todo se olvida caminito por Vendederas. Es de regla general, que nadie pase revista, toda una falta de respeto a la tropa filarmónica y, peor aún, ni se repara en la composición que acompaña al séquito, sea “Los Voluntarios”, “Las Corsarias”, “El Turuta” o la muy de actualidad, “La toma del Gurugú”.

      Hay otro elemento a cuidar por los munícipes desfilantes, como es su expresión facial. La mayoría mira hacia el pavimento, como si buscaran los defectos del mortero que une el adoquinado para comunicar incidencias al edil del bastón de obras. Los concejales más veteranos, con trienios para regalar y expertos en comunicación de eventos, exteriorizan la sonrisa forzada con la que sólo se estira la comisura de los labios, muy lejana a la de Duchenne. Sin más críticas que las apuntadas, lamento no poder actualizar la presente edición del desfile. Repican los badajos de Santa María. Tiempo habrá de preguntar en otro momento por quién doblan las campanas. 


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