Escribía ‘Séneca’, lector, seguidor, y comentarista de La Revista, entre sus acertadas y acostumbradas pinceladas, la frase de aquel famoso jurista y filósofo alemán Rudolf von Ihering (1818-1892): “El pueblo que no lucha por sus derechos, no merece tenerlos". Y lo hacía bajo la noticia del nulo eco de la convocatoria de una concentración en el Paseo del Estatuto para proponer acciones por el derecho de un transporte público digno y eficiente. Sin duda, el titular firmado por Gracia del Amor, “Los usuarios de Casal pasan de reivindicaciones” es todo un acierto y una carga de profundidad periodística que llega hasta las entrañas de las minas carmonenses. También deja como un mal sabor de boca entre la población a la que le es imprescindible utilizar el autobús para desplazarse a Sevilla y padecer a diario un servicio que empaña a la ciudad que se esmera en estar a la altura de otras de rango similar.
En estas reflexiones andábamos y le traslado por si se encuentra entre ese grupo selecto que se hace crítica hasta con sus propias devociones. Cuesta trabajo aceptar que el pueblo de Carmona no se merece un servicio de autobuses digno. Sin embargo, hay que reconocer que Rudolf llevaba razón al exponer con crudeza que el derecho se conquista, no es un regalo. Y por ahí creo que van los tiros filosóficos en referencia a la problemática del transporte y en otras que los carmonenses arrastramos. Tras la correspondiente comedura de coco, de rescatar archivos en blanco y negro, de repasar discursos, de releer artículos de eminentes firmas locales, tanto civiles como eclesiásticos, llegamos a la conclusión de que en la Carmona de hoy ha enraizado la idea de que los derechos son dádivas recibidas de los poderes hegemónicos.
Tal vez no, sino casi seguro que hay gente interesada en rechazar el contenido de la frase en cuestión, porque el sujeto pasivo presenta una amplia variedad. Entre ellos, el acomodado, el complaciente, el dependiente, el apático, el resignado… y uno, que se ha extendido cual pandemia singular: el paciente con síndrome de Peter Pan. No entro en profundidades psiquiátricas por respeto a los especialistas que le pueden ayudar en el caso de que desconozca los síntomas. Desde la altura matacana y los años de experiencia estamos convencidos que la falta de motivación en asumir responsabilidades, el confort absoluto y la búsqueda de otros que te resuelvan la vida, llevan a que Gracia del Amor a titular un pasotismo real sobre Casal, producto del referido síndrome.
Lo peor no es que la gente pase o se sienta indiferente ante la pérdida de derechos que se conquistaron con lucha histórica, sino que desde determinados poderes e ideologías se promueva la pasividad e indiferencia social para implantar sotto voce una única voz salvadora que guie al rebaño. De hecho, me llega un comentario sobre el problema del autobús en el que se afirma que las protestas y concentraciones deberían ser por iniciativa popular no por un partido. Para algunos, los partidos sobran contra la injusticia, es decir, para los partidarios del fascismo. Trabajo tienen los partidos en Carmona para abordar el trastorno que lleva por nombre el de tan afamado personaje del País de Nunca Jamás, porque no podemos volver, nunca jamás, a ser aquel país del partido único y caudillo. Rudolf von Ihering tenía razón: “Un pueblo que no se levanta frente a la injusticia renuncia, en cierto sentido, a su dignidad”.