EL MATACÁN: Payasos y caricatos

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Payasos y caricatos


     La jerga siempre fue lenguaje especial -oral y escrito- de determinados colectivos con clave secreta o de modo enigmático, en origen, entre maleantes. Actualmente, la jerga ha llegado a la política de altos niveles, con escaño incluido, a modo de oratoria que irrumpe en el estrado cuando el vocero desvaría hasta tal punto de perder los papeles. Muy de actualidad, este modus operandi se observa en Carmona, cuando la máxima autoridad civil de la plaza, inoculado de la atmósfera senatorial, la emplea con dicción exacerbada y pérdida de control emocional; todo un recuerdo de aquellos personajes grotescos universales, desde Quasimodo a Napoleón.


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     Es, por tanto, una fórmula poco propicia para emplearla como herramienta de descalificación hacia el ciudadano de a pie; aquel que ejerce un derecho tan fundamental como el de la libertad de expresión recogido en la carta magna española, a la que tanto se apela para cuestiones de intereses patrios. La llegada de las redes sociales ha propiciado que la jerga política de descalificación, confrontación y denigración tenga eco entre un sector poblacional de ideología populista y de escasa sesera que ha transformado al adversario en enemigo. Tal vez, entre la clase política, este tipo de oratoria demuestre un nivel más bien bajo de entendimiento ante la falta de argumentos para defender causas sociales.


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     A veces, como en el reciente caso localista que le apuntaba arriba –la de un joven que expuso su opinión de manera pública sobre un determinado problema como el del transporte público- la jerga que emplea la autoridad no alcanza el insulto explícito, sino que la hace bandera de desprecio y de falta de respeto para quienes comparten idénticos postulados. Llamar payaso a una juventud carmonense, ajena al silencio instalado en el pueblo desde hace años, por reivindicar servicios públicos dignos, etiqueta al guía popular.

 

     Quizás, algunos de sus seguidores se emocionen ante tan singular fórmula de entender los debates para anular al adversario. Craso error, ese patrón, abordado y analizado por numerosos filósofos y políticos a lo largo de la historia, debilita la autoridad, el diálogo democrático y genera hostilidad. Esta última consecuencia ya tiene en las redes sociales de Carmona ejemplos muy claros de cómo, la jerga del desprecio, pasa con fuego cruzado a la falta de respeto, a la burla, a la mofa, para terminar en insultos con destino y sentencias en los tribunales.


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     El incidente del que escribimos pudiera ser un lapsus puntual de altivez y prepotencia sobre el resto de adversarios, incluida la voz ciudadana, pero me temo que no es así. Si en esta ocasión, los jóvenes carmonenses son unos payasos por denunciar y manifestarse por sus justas reivindicaciones, y ayer fueron los caricatos carmonenses los que, a pie de ambulatorio, desplegaban pancartas de denuncias ante el deterioro de la sanidad pública, habrá que convenir que esta reiteración del desprecio a la ciudadanía va más allá del déficit educacional. O quizás, estamos ante un caso del síndrome de Hubris, llamado también enfermedad del poder; un trastorno que se manifiesta, según los especialistas, en personas con cargos de autoridad y poder durante un largo período de tiempo. De momento, los caricatos y payasos nos sentimos honrados como Miliki, hijo predilecto de Carmona.       


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