Gracias a la información que publica La Revista, estamos al tanto de lo que pasa en Carmona. Vaya por delante nuestro agradecimiento a quienes hacen posible este servicio ciudadano, no subvencionado, sin anuncios, sin coste alguno para el contribuyente y, sobre todo, necesario para dar contenido a un derecho tan fundamental como es la libertad de expresión e información. Otra cosa es, la que nos llega desde el poder o de fuentes contratadas para publicitar al subvencionador para un fin determinado. No hace falta nombrar a estos últimos, pues en el presupuesto municipal están registrados y en la contabilidad de Hacienda -o así debería de ser-, las correspondientes cifras destinadas con nombres y apellidos de empresas, sociedades, asociaciones y personas físicas que disfrutan de la tarta.
No obstante, sería bueno para la transparencia de la que se presume desde los poderes públicos, incluido nuestro Consistorio Municipal, el que se diera a conocer en listado anual todos aquellos entes y gentes que tienen la suerte de contar con una subvención que sale del bolsillo de todos los carmonenses. Y no sólo como identificación, sino también conocer la cantidad de euros que perciben. Lo del destino que se les dé, ya es cosa de valoraciones, tanto objetivas o subjetivas; cuestiones que darían para un análisis en el que primaría la ideología. No es lo mismo subvencionar a una asociación pro derechos humanos que pro derechos de los animales, aunque tanto unos como otros tengan sus derechos.
Para andar derechos, tan sólo hay que erguir el talle y mirar de frente con honestidad. Otra cosa es, la reverencia, la sumisión y el halago ante el que reparte la tarta común: la del ta-ta-ta-rá tachín. Quienes estén en contra de la información pública del reparto y del contenido del trozo correspondiente, algo tendrán que ocultar o disfrazar. De un tiempo a esta parte, salvo error u omisión, nadie conoce a nadie de los que reciben un manjar económico del Gobierno Local, salvo aquellos que lo suministran. No es que se hace difícil conseguir información, sino que es imposible obtenerla. A veces, hay una estrecha confabulación entre el que da y el que recibe, inclusive conchabo a la hora de explicar fuera de esta connivencia el destino final de la ayuda financiera.
Hay manjares económicos que bajo el epígrafe de conseguirlo en concurrencia competencia, resultan más difíciles de conchabar. Sin embargo, por experiencia conocemos que su tramitación ofrece recovecos para una distribución favorecedora a aquellos que doblen la cerviz en mayor ángulo de reverencia, o lo que es lo mismo y en lenguaje popular: lameculos, abrazafarolas, lamebotas, arrastrados, pintamonas… según apunta la IA. No digamos nada si el manjar se entrega sin más requisito que el de por la cara. Es entonces cuando entra en juego el principio de reciprocidad, con el que el agraciado se siente psicológicamente en deuda con el benefactor al que compensará de la forma más conveniente.
Aquellos y éstos beneficiarios de filantropía interesada, se preparan para entrar en acción ante la proximidad de unas elecciones. En este sentido, ya estamos viendo movimientos ad hoc entre los lugareños. No hace falta ser un erudito en materia demoscópica para observar cómo se mueven los hilos en la telaraña subvencionada y drones en redes sociales de Carmona en pro de saldar la deuda con el confitero. Nos alegramos que La Revista no participe de este universo despótico y cumpla años sin soplar la tarta del tatataratachín, ni cantar el “cumpleaños feliz”, cara al sol.